domingo, 18 de octubre de 2009

II. Deberás enorgullecerte de cualquier exceso.

Debo ser sincero, el título de este mandamiento no es obra mía. Se debe a una letra de Olvido Gara (a.k.a. Alaska): Más es más, cuya letra bien podría ser el himno de aquellos que quieran adherirse a esta cofradía. De cualquier modo, encaja a la perfección.
Las últimas semanas la sinrazón de la vida académica me ha alejado del circuito adquiscitivo, incluso he de confesarlo: la desesperación me ha llevado a reciclar ropa y objetos que había considerado descartados. ¿No les ha pasado? A veces uno deja de lado ciertas prendas, algunos objetos que parecen fuera de moda quedan relegados en algún rincón del clóset, ya ni siquiera recordamos su existencia.
No obstante, un buen día (cuando la desesperación de no saber cómo salir del impasse de la tesis está a punto de enloquecernos, cuando nos sentimos con ánimo de hacer limpieza otoñal, cuando el tedio se ha hecho extremo) tenemos el ánimo de zambullirnos en el caos doméstico.
A los pocos van saliendo pantalones que teníamos descartados, camisas que fueron olvidadas el día en que NADIE las halagó, zapatos que fueron objeto de un arrebato, discos furor de un momento, accesorios que la ebriedad turística vistió de seda y madreperla, hasta libros que la falsa intelectualidad de un momento nos llevó a comprar.
Los objetos se han adueñado de nuestra voluntad y nos preguntamos: ¿¿¿Cuándo coños compré esto??? ¿¿¿Por qué dejé de ponérmelo??? ¿¿¿Quién demonios sugirió que "esto" se me veía bien???
En el fondo no importa recordar el porqué lo escogimos, lo vimos, lo sentimos, lo escuchamos, lo sentimos, lo probamos (ahora que lo pienso, de la comida ingerida rara vez nos arrepentimos, claro, a menos que suframos de la fashion anorexia); el objeto no nos define (¡qué aversión!), es el acto el que nos hace ser. Nos volcamos en el hacer, en el construir, en el vivir, en el fruir, en el consumir... aunque sea "mediatizado"...
Justo ayer, mientras pasaba una anodina tarde familiar, comenzaron a llegarme mensajitos en los que Bere me hacía partícipe de su salida de compras y mediante los que yo pude verla en el momento en que entraba en la tienda, observaba sesudamente las prendas, seleccionaba aquellas de su predilección... casi podía sentirla mientras se las probaba y reflexionaba sobre su pertinencia y pensaba en presumirme su adquisición.
Yo, mientras tanto, en mis funciones de niñera, disfrutaba el momento.
Las compras ajenas son altamente satisfactorias.

sábado, 12 de septiembre de 2009

I. DEBERÁS DISFRUTAR DE CADA COMPRA.

Este mandamiento bien podría haberse llamado "Amarás las compras sobre todas las cosas", pero mi humor no anda muy herético el día de hoy y, además, ¿dos ripios en entradas consecutivas? No, no.
Sin embargo la intención de fondo es esa, nadie que no ame las compras podrá pertenecer a esta cofradía. Hace unas dos semanas, en nuestro ahora habitual coffee break, Belén me dijo algo que no pudo menos que horripilarme: "¡Las compras me ponen de malas!" "¿Cómo puede ser que a alguien no le guste ir de compras?", me pregunté? El fin de semana pasado tuve un ejemplo en vivo y a todo color de que semejante aberración podría existir.
Acompañábamos a una amiga a comprarse unos tenis y su suerte no podría ser peor: modelo que le gustaba o no existía en su número o presentaba algún defectillo de fabricación, "¡¿Ya ves?! De por sí soy indecisa y cuando por fin encuentro algo..." Y sí, efectivamente, no sólo se medía una y otra vez cada uno de los modelos, si no que minutos después volvía a ver alguno que ya había descartado; lo extraño es que los observaba como si jamás los hubiese visto y preguntaba obsesivamente: "¿y éste? ¿y este otro?", cada preguntaba iba acompañada por un extraño gesto de incomodidad. Allí estaba el problema.

Claro que todos hemos pasado por momentos de terrible frustración cuando compramos algo, pero eso no significa que las compras deban volverse un suplicio. Justo le decía a Belén que incluso ir al mercado a comprar chiles debe convertirse en un momento de placer extremo. Por ejemplo, cuando voy por mi mandado, nunca pienso en el objeto en sí mismo sino en el momento en que lo veré y en el diálogo que entablaré con mis marchantes.
Así, sé que en las verduras los cuates que me atienden pensarán: "chale, ¡¿qué pedo con este wey?!, siempre viene solo, ¿no tendrá vieja?... y siempre pide tomatitos cherry, chale, se me hace que ha de ser puñal". Luego, cuando me dirijo con la de las piñas y papayas ya espero el "Hola marchantito, ¿no va a llevar sandía?" Ella sabe que sólo compro una piña chica y una "papayita pa' la semana", sin embargo no deja de inquerir si romperé la rutina, no porque realmente lo espere, sólo porque quiere saber que todo siga en orden. La escena siguiente es con la frutera: "Buenos días marchantito, ¿qué va a llevar?" "Buenas, ¿tiene guayaba?" "¡Ay, no, se me acabó ayer!, pero ¿no quiere perita?" "Bueno, deme tres, ya ve que me duran mucho, todavía tengo de la otra semana. Póngame un kilo de manzana y una bolsa de jícama" "Se pasa 100 gramos, ¿se lo dejo?" "Sí". "¿No quiere uvita?" Jamás llevo, pero no deja de preguntarme.
Lo importante no es el objeto en sí, es el acto de convivir (aunque sea teatralmente), de poder entrar en contacto con el mundo y de saber que sigue gira y gira y gira, pese a nuestra perenne incompetencia. La compra, cualquiera que sea, no deja de ser un profundo e, in strictu sensu, un acto de comunión, de complicidad, incluso.

jueves, 3 de septiembre de 2009

DECALOGO DEL CONSUMISTA HEDONISTA (sí, con todo y ripio).

Ya a varios les he dicho que no hay mejor remedio para el estrés que irse de shopping, es por ello que he decidido crear el decálogo del consumista hedonista. ¿Redundante? Sí; el placer mientras más, mejor. Ya lo dice mi querida Alaska: "Lo que no es necesario, suele ser extraordinario".

Semanas atrás, harto de la incompetencia burocrática, decidí salir a darme una oreadita; como casi siempre terminé en el centro, pero, a diferencia de lo que sucedía cuando era un pobrecito veinteañero desorientado, esta vez mi objetivo era muy preciso: asaltar una tienda naturista. Sí, ya escucho las voces recriminatorias: "Claro, con esto nos tenía que salir" "Por supuesto, cuando uno llega a cierta edad..." "¡Mj! Bastante predecible, hasta para Carlos. Si se la vive achaque tras achaque". Pero no, mi destino no era, in strictu sensu, ése. Cuando iba en mi tan repetitiva línea 2, comenzó a dolerme la cabeza, por supuesto que me puse de malas y si a eso le añadimos la insufrible presencia de la gente, nomás imnagínense.

Decidí salir en la estación Bellas Artes para cumplir con mi obligada vista mensual al dios Slim y pagar mi recibo telefónico; las cosas no mejoraron, una castrante fila de gente que no aprende a lidiar con los amabílismos cajeros electrónicos de TELMEX hizo que mis sienes pulsaran al ritmo del más frenético "quebranguense", "maldita la hora en que abandoné mi cueva", pensé. Respiré al ritmo que Alex Maldonado todas las mañanas enseña en Hoy y me armé de paciencia.

Una vez cumplida la pleitesía al benefactor del Centro Histórico, emprendí la marcha: las tiendas naturistas con su nada despreciable oferta del 2 por 1 en antoxidantes (muy útiles en una contaminada ciudad como ésta y sobre todo cuando comienzan a aparecer las líneas de expresión), Pastelería La Madrid (no podía pasar por alto su panqué de pasas y los orgásmicos cuernos con higos en conserva), la tradicional París (se me había acabado mi frasquito de Flores de Bach, no fuera ser que el alma se pusiera de respingosa y ora sí ni cómo salir de la postración) y, por fin, el sancta sanctorum: Sedería La Nueva (Regina esquina con Isabel la Católica) donde, por fín, sublimaría mis ansias kitsch y compraría la boa-de-plumas-morado-púrpura que disimularía la fealdad de la lámpara de pie que todas las noches acompaña mi lectura...

Justo cuando descendía los escalones de ese templo de las manualidades noté que el dolor de cabeza había desaparecido, de inmediato pensé: "Nada mejor para el estrés que irse de shopping".

Esa revelación me ha hecho decidirme a escribir el decálogo comentado del consumista hedonista. No sé con qué frecuencia saldrá, pero sí prometo que su primer mandamiento (el más básico, pero fundamental) estará listo en los próximos días; aquí, mientras tanto, lo dejo enunciado:

"I. DEBERÁS DISFRUTAR CADA COMPRA"

viernes, 10 de julio de 2009

La inspiración llega con ritmos insospechados.

De lo que ahora sí tengo ganas de escribir es sobre música, pero no, no se espanten, no me va a dar ahora por hacer crítica musical, no, no; pero es que los dos últimos días me ha sucedido algo de lo más extraño.

Si alguien contase con el ocio suficiente (o el morbo, no lo sé) de revisar mi tesis de maestría, se percataría de que no puedo trabajar si no es con música de fondo; desde limpiar hasta leer o escribir deben ir siempre acompañados de ritmo y de ritmos muy específicos. Mis gustos si bien no son muy amplios sí son diversos, los más obvios la gran mayoría los conocen: me gustan las exquisiteces medievales y barrocas, me fascina la música popular brasileña (Elis Regina, mi gurú, apareció, como las cosas importantes de mi vida, por casualidad; tal vez algún día les haga perder el tiempo contando esta historia), la electrónica por caminos oblicuos y perversos llegó a mi vida (junto al reencuentro con Alaska, quien con Fangoria me hizo regresar a una bizarra infancia en la que podía pasar horas escuchando "El fin del mundo" o "Isis"), pero no cabe duda que hay ritmos que vinen de más atrás, casi heredados vía cordón umbilical.

Llevaba días encerrado tratando de escribir mi tesis doctoral, llevaba días peléandome con las ideas y con las frases, llevaba días frustrado queriendo aventar este aparato por la ventana como si fuese el culpable de mi cerebro marchito, llevaba días escuchando Absolutamente, llevaba días escuchando Sao Joao vivo, llevaba días tratando que las armonías barrocas despertaran mis adormecidas neuronas cuando, alabados sean los cielos, la biblioteca del Windows Media Player comenzó a reproducir "Tu voz". Alguna fibra se movió en mí y lo que ni Ars Nova ni mi querido Mario Iván Martínez habían conseguido, Celia Cruz con sólo unas notas logró: de pronto los dedos moviéronse por sí solos y teclearon lo que bajo el lodo del inconsciente yacía.

No cabe duda: hay música que se lleva en los genes.

jueves, 25 de junio de 2009

Siempre fui santo.

Comentaba en la entrega pasada que mi paso por la burocracia universitaria fue por demás aleccionador, conocer las entretelas, los manejos, las idas y venidas, los portes y los tonos de voz. Pensé que había adquirido las herramientas necesarias para vencer cualquier obstáculo burocrático que se me presentase, craso error; la mía es una mísera suerte, una extraña condición, tal parece ser que mi karma tiende a cobrar forma de empleado gubernamental.



No entraré en muchos detalles al respecto, pero hace un par de meses me vi envuelto en una maraña de trámites y funcionarios públicos (algunos verdaderamente asesinos) de la cual apenas voy encontrando la punta que la desenredé ... El archiburócrata de tramitología la quiere destramitologizar y el que la destramitologizaré, un buen destramitologizador será...

Creo que lo más absurdo es tener que probar solvencia moral y económica por medio de un papel. Nuestra vida es un papel, se hace de papel oficio, de papel moneda; nos avala gente que no nos conoce; no basta con jurar que siempre he sido un santo, que con trabajos privo de vida a una araña... en fin así son las cosas. Pero, francamente, hace tanto que ya no he andado por aquí que ya ni ganas tengo de seguir con esto. Sí, yo sé, debería ser más disciplinado, obligarme a seguir la idea, pulir la frase, buscar el adjetivo correcto, continuar con la trama, pero no simplemente ni puedo ni quiero, no me da la gana, no va más.

sábado, 9 de mayo de 2009

EL FUNCIONARIO ASESINO O SIEMPRE FUI SANTO (pimera parte)

Tal vez mi experiencia laboral no haya sido hasta ahora muy diversa, sin embargo ha sido siempre muy aleccionadora.
Básicamente me he dedicado a la docencia. "Mi primera vez" fue en el sistema de prepa abierta para los trabajadores del Instituto Mexicano del Petróleo, allí fue precisamente un "Mexicano" quien me hizo ver mi suerte; su nombre, Manuel, su apellido justo ése: Mexicano, Manuel Mexicano. Ya mi hermana me había puesto sobreaviso: "Te va a probar, te va hacer preguntas para ver hasta dónde te puede llevar". Siempre aparenté seguridad. Seguramente dije más de un despropósito, pero con una firmeza que impedía dudaran de mi palabra. Tuve suerte, la primera semana pude sortear bastante bien sus muy malintencionadas preguntas; la segunda semana se fue de vacaciones y volví a respirar tranquilo. Pese a todo esa experiencia me marcó, fue la prueba de fuego que me hizo decidirme firmemente a ser profesor; los nervios y los cuestionamientos fueron estimulantes.
Tiempo después ingresé al Instituto Mexicano Francés. Coincidencias de la vida, sería otro "instituto mexicano" el que me pondría a prueba nuevamente. Primer día de clases. Literatura española con los alumnos de nuevo ingreso. Era un grupo numeroso que, a dios gracias, a la semana fue dividido, pero la experiencia no dejó de ser impactante, cerca de 60 jóvenes de 15 años. Los escasos 4 metros de la puerta al escritorio me parecieron eternos; de pronto una voz: "¡¿Ése?! ¡¿Ése es el maestro?! ¡Si parece alumno!" "¡Dios, que se abra la tierra y me trague!" Las piernas me temblaban, la mente estaba en blanco, no me atrevía a darme la media vuelta y encararlos, a hablarles (y luego con esta voz nada imponente que la cruel naturaleza me dio, sí, muy fuerte y lo que quieran, pero siempre ha parecido voz de niño; imaginen hace diez años).
Allí aprendí mi segunda lección: saber mirar. Los enfrenté; no dije una sola palabra pero fui recorriendo las bancas casi una por una y mirándolos directamente a los ojos, serio, casi como si estuviera de mal humor. El silencio fue absoluto. No digo que esto bastase para ganarme su respeto, fue una labor de semanas.
Poco tiempo después llegué a otra "institución mexicana", la UNAM. Fue un alto en mi camino como docente ya que mi primer puesto fue como administrativo. Si épocas oscuras en mi vida han existido, ésa, sin duda, fue una de ellas. No niego haber aprendido mucho, siempre es útil conocer las entretelas de la burocracia universitaria; en más de una ocasión esta experiencia ha allanado mi camino como profesor, pero con 22 años y la ilusión magisterial aún fresca en los ojos (ja ja ja ja), estar encerrado en un cubículo ocho horas diarias (a veces más) era francamente para marchitar a cualquiera (a cualquiera como yo, claro).
Quienes me conocen podrán dar testimonio de este aciago periodo en mi vida, la depresión, la neurosis y la amargura iban a la alza. Los días pasaban sorteando mil y un pedidos por parte de los alumnos, lidiando con egos aún más grandes que el mío, preparando trincheras para la batalla académica, protegiéndome del verbal fuego cruzado, teniendo a todos en la mira. Era ya un funcionario asesino... así que a la inversa de aquella que se volvió la Funcionaria Asesina "por salir de la misma rutina, tan aburrida, tan muerta en vida", yo "Quise ser santo" y renuncié. Milagrosamente las puertas se comenzaron abrir. (CONTINUARÁ...)

jueves, 16 de abril de 2009

Císcalo, císcalo.

Seamos supersticiosos...
Jamás he creído a aquellos que niegan ser supersticiosos. Me parece una depravación considerarse completamente ajenos a todo, completamente libres, absolutamente responsables, tremendamente solos. sí, solos. Considérenlo con calma, confiar en el, negarse a dar la sal en la mano, echarla sobre el hombro, no pasar debajo de la escalera, levantarse con el pie derecho, etc. etc. etc., son formas de hacer consciente que dependemos del otro y de lo otro, que nuestros actos repercuten en los demás, que existe una ley de causa y consecuencia que, aunque no sea cabalmente comprendida, allí está, acechando, aguardando el justo momento para hacer que la ola vuelva al centro.
¿Karma y superstición?

Una amiga solía decir que su karma era de sopa Maruchan, es decir, instantáneo. A decir verdad presencié varios de esos one-minute episodes; más tradaba en soltar una maledicencia sobre alguien que se tropezaba, se le caía algo de las manos,pero, sobre todo, se mordía la lengua.

¿Habrá algo más supersticioso que la lengua?

(...)

Decidí dejar interrumpida esta nueva entrega porque entre las precauciones por la "influencia puerquina" (o como dijo la BBC los primeros días: mexican swine flu, lo que nos faltaba!!!!), las compras de pánico, la psicosis, la histeria colectiva, etc., etc., me han hecho pensar demasiado en el fin de los tiempos y creo que ponerme a hablar de supersticiones está fuera de lugar. En fin, prometo dos nuevas entregas: una al respecto y otra que me traigo entre manos por mi kafkiano encuentro con la burocracia nacional: "El funcionario asesino o Siempre fui santo".

domingo, 12 de abril de 2009

El viernes comimos milanesas o el pez por la boca muere (segunda y última parte)

Comamos gente...
Leer es conocer al Otro, es comerlo antes de ser engullido (Descíframe o te devoro, decía Clarice). Yo, desde siempre, he escogido comer antes que leer, o, en todo caso, comer y leer. Los sabores me encantan, los olores me transportan, las texturas me fascinan, los sonidos me perturban, las imágenes me sulibeyan (como tus perjúmenes mujer u hombre, casi da igual).

Mis alumnos siempre se sorprenden (quedan intrigados) cuando recuerdo su "look" que sus nombres, cuando no pierdo ni el más leve de los sonidos que emiten (tengo oído de tísico!!! No es ninguna bendición, mi "maldormir" es prueba de ello). Vista y oído me marcan.

Hoy, domingo de resurrección, recuerdo una conversación escuchada al inicio de la cuaresma. Regresaba del trabajo, el microbús (como siempre) había tardado varios minutos en salir y había corrido con la suerte de poder ir sentado. Los chavos subían espacidamente, casi como en un desfile de modas: emos de rebeldes cabelleras amansadas gracias a la plancha Conair de iones; hippies-posmo que mezclan huaraches con entubados Levi´s o revolucionarios "cargo" weekend; chicas blink blink con zapatillas nada apropiadas para el piso de adoquines; los notoriamente indefinidos que portan sudaderas y tenis; los claramente deportistas con la metrosexual bolsa Adidas o con las incómodas y estorbosas hombreras de americano; los inconfundible y orgullosamente gays denunciados por el tono de voz, por la coordinación de texturas y colores, por el rostro sin gota de sudor pese al insufrible bochorno.

Es precisamente uno de estos jóvenes, cada vez más vistos los últimos años por los pasillos de la escuela (¿será apertura, tolerancia o moda?), quien llama mi atención. Jeans blancos entubados a media cadera, boxers grises a cuadros, T-shirt entallada violentamente rosa con un indescifrable estampado plateado, revalorados Converse a juego y un viril-femenino mohawk. Charla con alguien que pudiera ser su Narciso sobre exámenes, profesores incomprensivos, necesidad de trabajar para poder ir al antro y hacer compras en Zara, Berska o "el Palacio". Hasta allí nada me extraña, sin embargo, de pronto, surge la revelación:

-¡No mames, ese día ya me estaba cagando de hambre y la promotora nos estuvo chingue y chingue! Cuando acabamos, nos lanzamos a las tortas y me eché una de milanesa y que me acuerdo que era viernes, ¡era vigilia!, mta, ya ni pex.

Se me hizo muy extraño que un joven de apenas veinte años, declaradamente homosexual y con formación universitaria tuviera católicos remordimientos mexicanos. "Lo que me restaba por ver", pensé.

Días después, tal vez una semana; regresaba del coven (a.k.a. terapia o viernes de chisme), caminaba apresurdamente pues me urgía llegar a mi sacrosanto hogar cuando al pasar la esquina de las quecas de doña Susy, ¡albricias!, ví de reojo que ella (milagorsamente) se encontraba desocupada; "ora es cuando", me dije y me dí la vuelta en seco.

-Buenas noches, ¡milagro que me la encuentro solita!
-Ya ve joven, apenas me voy poniendo.
-Deme una de chicharrón y otra de hongos, por favor.
-¡Pero es vigilia, joven!

La frase fue pronunciada tan sincera e interesadamente que me desarmó y se convirtió en una sentencia: "Usted sabrá, pero está a punto de cometer una grave falta, piénseselo, es por su bien" doña Susy jamás dijo esto, pero seguramente lo pensó, su cristiana y sapiencial mirada lo denunciaba.

-¡Ah, de veras!, deme entonces una de hongos y otra de rajas.

... ... ...

Las últimas cuadras las caminé con unas quesadillas en una mano y mi estúpida suficiencia de profesor univiersitario en la otra.

sábado, 4 de abril de 2009

El viernes comimos milanesas o el pez por la boca muere (Primera parte).

Desde lejanos tiempos, aquellos en los que aún se amarraba a los perros con longaniza (júrolo), existe algo en la comida, en el acto de alimentarse, que me ha dejado pasmado.

El acto de ingerir es amplio y abarca un vasto espacio. Pensemos en las ahora cada vez más en desuso comidas familiares, no sólo se trata de departir, de compartir; en ellas existe magia, religión (en su sentido más puro). Tradicionalmente han sido sacerdotisas las encargadas de este acto. Planear, seleccionar los elementos, disponerlos, combinarlos, transformarlos en algo que si bien recuerda las partes, se trata de un todo indivisble que al momento de ser degustado nos va dejando las huellas de su origen, como las sombras entrevistas en la caverna de Platón: sabe a, tiene un dejo de, se siente como, son frases que fácilmente lo comprueban.

Llegado el momento el altar se dispone, los feligreses ocupan su lugar de acuerdo a la función y preeminencia que desempeñan en el acto; a continuación comenzamos a ingerir, pero no son sólo alimentos los que llevamos a nuestro interior, también tragamos las palabras del otro, sus gestos, sus reacciones, su estado de ánimo, su espíritu. Si los ojos son la ventana del alma (¡Ay Petrarca, ay Ficino, hasta dónde han venido a dar!), seguramente es la boca su puerta de entrada; si vista y oído son las sentidos por excelencia (ya que no están en contacto con la carne), es el gusto el que unifica, sintetiza (cual alambique) todo lo que a nosotros llega.

Decía, pues, que en el momento de la comida no sólo tragamos alimento, sino que también ingullimos a quienes con nosotros están; tal vez por eso sea tan incómodo para algunas personas el comer solos, ya que el acto no está completo sin la presencia del Otro; es necesario comer, pero mucho más, comerse al Otro.

Comer al Otro es amarlo (en todas sus más bajas y depravadas acepciones), pero también nos lo comemos por celos, por envidia; así que sentémonos y comamos gente.
CONTINUARÁ ...

martes, 3 de marzo de 2009

Cruces en tres cruces

Hace años, siendo un rapazuelo si no imberbe sí muy inconsciente, me dirigía muy tranquilo a mis clases en la Universidad cuando de pronto ví un tumulto en uno de los túneles que dan acceso a la estación Hidalgo del metro. El morbo, como a todos, se me da, pero no en público, no hay para mí nada más desagradable que la gente que se detiene a mironear un accidente, una pelea o cualquier cosa que rompa el orden cotidiano; la curiosidad es sana, el morbo, natural; pero de eso a contorsionarse como Linda Blair para no perder el más mínimo detalle, hay una gran diferencia.

En fin, decía que el morbo exagerado y en público no me es grato, así que no me detuve a indagar más y seguí mi camino. ¡Cuál sería mi sorpresa en la tarde cuando me entero que se trataba de una aparición milagrosa, de una manifestación mariana! Mis pocas luces y mucha juventud me impidieron ser partícipe de tan grande suceso. Sería el año 97. Se respiraba el fin de milenio, de pronto me sentí en el año mil. La semana pasada volví a tener la misma sensación.


Miércoles 25, miércoles de ceniza.

Estábamos unas amigas y yo caminando por Coyoacán después de habernos dedicado a los placeres gastronómicos, cuando por las calles comenzó a desfilar un grupo de cruces. Mi primera reacción fue adjudicarlo a que el norte no es el sur, y estando yo cada vez más acostumbrado a la prosaicidad, el mercantilismo naucalpense, el consumismo sateluco y la pose chiluquense de las tierras antes dominadas por el Toreo de cuatro caminos, me dije: "Claro, esto sólo viene a confirmar mi teoría, la gente del sur está medio loca, debe haber algo en el agua..." Jamás esperé que a la hora, cuando caminaba rumbo a mi sacrosanto hogar, me toparía con el mismo espectáculo. Hace años que no veía tal cantidad de ceniza... ¿Qué podría explicar esto?
El resto de la semana dábale vueltas al asunto y pensaba, la crisis, debe ser la crisis; sólo eso podría explicar que en desbandada la gente quiera recordar su finitud, la vanidad del mundo, lo vacío que resultan los placeres del mundo.
Sábado 28: aventura en Amecameca, peregrinación narcisista
o polvo eres y en polvo te convertirás.
Para mí el inicio de la cuaresma había quedado atrás y no sé a qué se debería, ¿al tedio?, ¿al calor?, ¿al ocio? Como fuese, algo me hizo proponerle a Gris que realizácemos mi tan pospuesto viaje a Amecameca, el regreso a un lugar que hace la friolera de 26 años me había dejado muy buenos recuerdos. Así, después de un viernes de locos, ambos estábamos a primera hora del sábado encaminados a uno de los pocos lugares que más por la cercanía, que por la calidad del aire, pueden recordar la imagen del otrora idílico Valle de Anáhuac.
Yo esperaba escuchar en mi oído interno aquello de viajero, has llegado a la región más transparente, etc. etc.", pero un viaje marcado por el ímpetu comunicativo (estaban reparando la carretera) e impregnado del aroma de la tierra (polvo y más polvo colándose por las ventanas a cada metro), había acabado con mi ánimo. Sin embargo, de pronto, allí estaba nuestro destino ... atiborrado de caminones, peseras, trailers y un sin fin de policías que intentaban controlar el tránsito provocado por los resabios del carnaval (feria y tianguis incluidos) y por las interminables filas provocadas por el último día de entrega de las credenciales de elector. En ese momento las cosas sólo podían radicalmente mejorar o empeorar.
Comenzamos a caminar y toda la mercadería de los puestos iba nuevamente encendiendo el apagado espíritu: mermeladas exóticas, higos en conserva, pan de pueblo, cecina de Yecapixtla, raspados jugosos y cremosos jamás vistos por estos lares, artesanías al por mayor... un paraíso para los compradores compulsivos, para los seguidores de la antítesis del "Pare de sufrir", para la grey del "SIGA GOZANDO". En fin, a lo que nos trujo chencha, me dije, y nos encaminamos rumbo a la iglesia de Sacromonte ... Claro, olvidé decirlo, del viaje que realicé en mi infancia únicamente guardo como recuerdo una foto digna de aparecer como ilustración a la vida de un escritor mórbido melancólico: yo descendiendo del cerro con las manos en los bolsillos y la mirada gacha, al fondo una desgastada iglesia colonial y las viejas tumbas de los que alguna vez fueron los principales del pueblo. Ahora quería una nueva foto, un testimonio del paso del tiempo, digna de aparecer como ilustración de un radical "Antes y Después".
Minutos después comenzamos la subida y, sin habérnoslo propuesto, estábamos en plena peregrinación; el sendero era digno de disuadir a cualquiera que como yo tuviese una intención poco religiosa, frívola: empinadísimo, lleno de piedras y tierra suelta, el sol a plomo. Llegando a la cima las cosas no mejoraron: el templo había sido despojado de su romántico desgaste y ahora lucía unos típicos rojo y blanco extraídos de la más predecible versión fílmica de "El Zorro", la gran mayoría de las tumbas habían sido removidas (¡claro! ¡cómo molestar a los bonitos turistas con desagradables recordatorios de la caducidad del mundo!) y para colmo en pleno atrio estaba una flamante camioneta negra, sin duda propiedad de dos seres que estaban a punto de unir sus vidas. No había modo de reproducir el aura de la vieja imagen, el turismo posmo-colonial, segó mi empeño.
No obstante, no me di por vencido, no sería en vano tanto sufrimiento, tanto sacrificio; debía (aun con camioneta de fondo) eternizar ese momento las veces necesarias, debía obtener la composición perfecta que testificase el culto a mi persona, debía tener una polvosa (¿cenicienta?) replica bidimensional de mi persona.
En el último clic me vino a la mente que no cabe duda que la serpiente se muerde la cola, que los opuestos, indudablemente, se encuentran.

martes, 24 de febrero de 2009

Papá gallino

Hoy uno de mis pequeños asesorados, bueno siendo justos debo decir pequeñas asesoradas (lo siento chicos, pero ellas son mayoría). En fin, una de ellas presentó su examen profesional.

Un asesor es una suerte de Dr. Frankestein: intenta moldear, procura guiar, infunde sus obsesiones y deseos insatisfechos, transmite lo poco que sabe y, sobre todo, lo mucho que ignora ... y allí van tomando forma los asesorados: unos más derechos que otros, otros más fieles a los consejos, la mayoría empecinados, tercos (afortunadamente!!!) ... y es allí cuando uno comienza a sentirse como una especie extraña de padre.

Hoy, en el momento de mi intervención, no me pude resistir y comencé con el clásico "las primeras veces son siempre importantes", y es que no podía dejar de tener esa extraña sensación de cuando mamá lleva a su pequeño al primer día de clases; compréndanme, es la primera que se titula. En fin, el caso es que allí en la mesa del sínodo de pronto me sentí papá gallino, me ví como el padrino de la quinceañera cuando se avienta el "speech" de la flor que se abre a la vida; es una bizarra mezcla de orgullo académico y del cariño que surge cuando presenciamos el continuo desarrollo de cualquier persona; me di cuenta de que ya soy algo más que un profesor, así como ella es algo más que una egresada (ni bueno ni malo; ni mejor ni peor, simplemente algo distinto); pero creo que, en el fondo, de lo que fui más consciente es del inexorable paso del tiempo ...

lunes, 23 de febrero de 2009

A lo que me ha llevado el ocio.

Cuando nos vemos atrapados en la inmensidad del mundo, cuando aún vagando, huyendo (o peor que eso, buscando perder el tiempo) terminamos por encontrarnos; tal vez lo mejor sea tirar la piel a la papelera de reciclaje, virtualmente desnudarnos y reflejarnos fractalmente. Dicho eso, aquí estoy pues ...