Desde lejanos tiempos, aquellos en los que aún se amarraba a los perros con longaniza (júrolo), existe algo en la comida, en el acto de alimentarse, que me ha dejado pasmado.
El acto de ingerir es amplio y abarca un vasto espacio. Pensemos en las ahora cada vez más en desuso comidas familiares, no sólo se trata de departir, de compartir; en ellas existe magia, religión (en su sentido más puro). Tradicionalmente han sido sacerdotisas las encargadas de este acto. Planear, seleccionar los elementos, disponerlos, combinarlos, transformarlos en algo que si bien recuerda las partes, se trata de un todo indivisble que al momento de ser degustado nos va dejando las huellas de su origen, como las sombras entrevistas en la caverna de Platón: sabe a, tiene un dejo de, se siente como, son frases que fácilmente lo comprueban.
Llegado el momento el altar se dispone, los feligreses ocupan su lugar de acuerdo a la función y preeminencia que desempeñan en el acto; a continuación comenzamos a ingerir, pero no son sólo alimentos los que llevamos a nuestro interior, también tragamos las palabras del otro, sus gestos, sus reacciones, su estado de ánimo, su espíritu. Si los ojos son la ventana del alma (¡Ay Petrarca, ay Ficino, hasta dónde han venido a dar!), seguramente es la boca su puerta de entrada; si vista y oído son las sentidos por excelencia (ya que no están en contacto con la carne), es el gusto el que unifica, sintetiza (cual alambique) todo lo que a nosotros llega.
Decía, pues, que en el momento de la comida no sólo tragamos alimento, sino que también ingullimos a quienes con nosotros están; tal vez por eso sea tan incómodo para algunas personas el comer solos, ya que el acto no está completo sin la presencia del Otro; es necesario comer, pero mucho más, comerse al Otro.
Comer al Otro es amarlo (en todas sus más bajas y depravadas acepciones), pero también nos lo comemos por celos, por envidia; así que sentémonos y comamos gente.
CONTINUARÁ ...
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