jueves, 16 de abril de 2009

Císcalo, císcalo.

Seamos supersticiosos...
Jamás he creído a aquellos que niegan ser supersticiosos. Me parece una depravación considerarse completamente ajenos a todo, completamente libres, absolutamente responsables, tremendamente solos. sí, solos. Considérenlo con calma, confiar en el, negarse a dar la sal en la mano, echarla sobre el hombro, no pasar debajo de la escalera, levantarse con el pie derecho, etc. etc. etc., son formas de hacer consciente que dependemos del otro y de lo otro, que nuestros actos repercuten en los demás, que existe una ley de causa y consecuencia que, aunque no sea cabalmente comprendida, allí está, acechando, aguardando el justo momento para hacer que la ola vuelva al centro.
¿Karma y superstición?

Una amiga solía decir que su karma era de sopa Maruchan, es decir, instantáneo. A decir verdad presencié varios de esos one-minute episodes; más tradaba en soltar una maledicencia sobre alguien que se tropezaba, se le caía algo de las manos,pero, sobre todo, se mordía la lengua.

¿Habrá algo más supersticioso que la lengua?

(...)

Decidí dejar interrumpida esta nueva entrega porque entre las precauciones por la "influencia puerquina" (o como dijo la BBC los primeros días: mexican swine flu, lo que nos faltaba!!!!), las compras de pánico, la psicosis, la histeria colectiva, etc., etc., me han hecho pensar demasiado en el fin de los tiempos y creo que ponerme a hablar de supersticiones está fuera de lugar. En fin, prometo dos nuevas entregas: una al respecto y otra que me traigo entre manos por mi kafkiano encuentro con la burocracia nacional: "El funcionario asesino o Siempre fui santo".

domingo, 12 de abril de 2009

El viernes comimos milanesas o el pez por la boca muere (segunda y última parte)

Comamos gente...
Leer es conocer al Otro, es comerlo antes de ser engullido (Descíframe o te devoro, decía Clarice). Yo, desde siempre, he escogido comer antes que leer, o, en todo caso, comer y leer. Los sabores me encantan, los olores me transportan, las texturas me fascinan, los sonidos me perturban, las imágenes me sulibeyan (como tus perjúmenes mujer u hombre, casi da igual).

Mis alumnos siempre se sorprenden (quedan intrigados) cuando recuerdo su "look" que sus nombres, cuando no pierdo ni el más leve de los sonidos que emiten (tengo oído de tísico!!! No es ninguna bendición, mi "maldormir" es prueba de ello). Vista y oído me marcan.

Hoy, domingo de resurrección, recuerdo una conversación escuchada al inicio de la cuaresma. Regresaba del trabajo, el microbús (como siempre) había tardado varios minutos en salir y había corrido con la suerte de poder ir sentado. Los chavos subían espacidamente, casi como en un desfile de modas: emos de rebeldes cabelleras amansadas gracias a la plancha Conair de iones; hippies-posmo que mezclan huaraches con entubados Levi´s o revolucionarios "cargo" weekend; chicas blink blink con zapatillas nada apropiadas para el piso de adoquines; los notoriamente indefinidos que portan sudaderas y tenis; los claramente deportistas con la metrosexual bolsa Adidas o con las incómodas y estorbosas hombreras de americano; los inconfundible y orgullosamente gays denunciados por el tono de voz, por la coordinación de texturas y colores, por el rostro sin gota de sudor pese al insufrible bochorno.

Es precisamente uno de estos jóvenes, cada vez más vistos los últimos años por los pasillos de la escuela (¿será apertura, tolerancia o moda?), quien llama mi atención. Jeans blancos entubados a media cadera, boxers grises a cuadros, T-shirt entallada violentamente rosa con un indescifrable estampado plateado, revalorados Converse a juego y un viril-femenino mohawk. Charla con alguien que pudiera ser su Narciso sobre exámenes, profesores incomprensivos, necesidad de trabajar para poder ir al antro y hacer compras en Zara, Berska o "el Palacio". Hasta allí nada me extraña, sin embargo, de pronto, surge la revelación:

-¡No mames, ese día ya me estaba cagando de hambre y la promotora nos estuvo chingue y chingue! Cuando acabamos, nos lanzamos a las tortas y me eché una de milanesa y que me acuerdo que era viernes, ¡era vigilia!, mta, ya ni pex.

Se me hizo muy extraño que un joven de apenas veinte años, declaradamente homosexual y con formación universitaria tuviera católicos remordimientos mexicanos. "Lo que me restaba por ver", pensé.

Días después, tal vez una semana; regresaba del coven (a.k.a. terapia o viernes de chisme), caminaba apresurdamente pues me urgía llegar a mi sacrosanto hogar cuando al pasar la esquina de las quecas de doña Susy, ¡albricias!, ví de reojo que ella (milagorsamente) se encontraba desocupada; "ora es cuando", me dije y me dí la vuelta en seco.

-Buenas noches, ¡milagro que me la encuentro solita!
-Ya ve joven, apenas me voy poniendo.
-Deme una de chicharrón y otra de hongos, por favor.
-¡Pero es vigilia, joven!

La frase fue pronunciada tan sincera e interesadamente que me desarmó y se convirtió en una sentencia: "Usted sabrá, pero está a punto de cometer una grave falta, piénseselo, es por su bien" doña Susy jamás dijo esto, pero seguramente lo pensó, su cristiana y sapiencial mirada lo denunciaba.

-¡Ah, de veras!, deme entonces una de hongos y otra de rajas.

... ... ...

Las últimas cuadras las caminé con unas quesadillas en una mano y mi estúpida suficiencia de profesor univiersitario en la otra.

sábado, 4 de abril de 2009

El viernes comimos milanesas o el pez por la boca muere (Primera parte).

Desde lejanos tiempos, aquellos en los que aún se amarraba a los perros con longaniza (júrolo), existe algo en la comida, en el acto de alimentarse, que me ha dejado pasmado.

El acto de ingerir es amplio y abarca un vasto espacio. Pensemos en las ahora cada vez más en desuso comidas familiares, no sólo se trata de departir, de compartir; en ellas existe magia, religión (en su sentido más puro). Tradicionalmente han sido sacerdotisas las encargadas de este acto. Planear, seleccionar los elementos, disponerlos, combinarlos, transformarlos en algo que si bien recuerda las partes, se trata de un todo indivisble que al momento de ser degustado nos va dejando las huellas de su origen, como las sombras entrevistas en la caverna de Platón: sabe a, tiene un dejo de, se siente como, son frases que fácilmente lo comprueban.

Llegado el momento el altar se dispone, los feligreses ocupan su lugar de acuerdo a la función y preeminencia que desempeñan en el acto; a continuación comenzamos a ingerir, pero no son sólo alimentos los que llevamos a nuestro interior, también tragamos las palabras del otro, sus gestos, sus reacciones, su estado de ánimo, su espíritu. Si los ojos son la ventana del alma (¡Ay Petrarca, ay Ficino, hasta dónde han venido a dar!), seguramente es la boca su puerta de entrada; si vista y oído son las sentidos por excelencia (ya que no están en contacto con la carne), es el gusto el que unifica, sintetiza (cual alambique) todo lo que a nosotros llega.

Decía, pues, que en el momento de la comida no sólo tragamos alimento, sino que también ingullimos a quienes con nosotros están; tal vez por eso sea tan incómodo para algunas personas el comer solos, ya que el acto no está completo sin la presencia del Otro; es necesario comer, pero mucho más, comerse al Otro.

Comer al Otro es amarlo (en todas sus más bajas y depravadas acepciones), pero también nos lo comemos por celos, por envidia; así que sentémonos y comamos gente.
CONTINUARÁ ...