Comamos gente...
Leer es conocer al Otro, es comerlo antes de ser engullido (Descíframe o te devoro, decía Clarice). Yo, desde siempre, he escogido comer antes que leer, o, en todo caso, comer y leer. Los sabores me encantan, los olores me transportan, las texturas me fascinan, los sonidos me perturban, las imágenes me sulibeyan (como tus perjúmenes mujer u hombre, casi da igual).
Mis alumnos siempre se sorprenden (quedan intrigados) cuando recuerdo su "look" que sus nombres, cuando no pierdo ni el más leve de los sonidos que emiten (tengo oído de tísico!!! No es ninguna bendición, mi "maldormir" es prueba de ello). Vista y oído me marcan.
Hoy, domingo de resurrección, recuerdo una conversación escuchada al inicio de la cuaresma. Regresaba del trabajo, el microbús (como siempre) había tardado varios minutos en salir y había corrido con la suerte de poder ir sentado. Los chavos subían espacidamente, casi como en un desfile de modas: emos de rebeldes cabelleras amansadas gracias a la plancha Conair de iones; hippies-posmo que mezclan huaraches con entubados Levi´s o revolucionarios "cargo" weekend; chicas blink blink con zapatillas nada apropiadas para el piso de adoquines; los notoriamente indefinidos que portan sudaderas y tenis; los claramente deportistas con la metrosexual bolsa Adidas o con las incómodas y estorbosas hombreras de americano; los inconfundible y orgullosamente gays denunciados por el tono de voz, por la coordinación de texturas y colores, por el rostro sin gota de sudor pese al insufrible bochorno.
Es precisamente uno de estos jóvenes, cada vez más vistos los últimos años por los pasillos de la escuela (¿será apertura, tolerancia o moda?), quien llama mi atención. Jeans blancos entubados a media cadera, boxers grises a cuadros, T-shirt entallada violentamente rosa con un indescifrable estampado plateado, revalorados Converse a juego y un viril-femenino mohawk. Charla con alguien que pudiera ser su Narciso sobre exámenes, profesores incomprensivos, necesidad de trabajar para poder ir al antro y hacer compras en Zara, Berska o "el Palacio". Hasta allí nada me extraña, sin embargo, de pronto, surge la revelación:
-¡No mames, ese día ya me estaba cagando de hambre y la promotora nos estuvo chingue y chingue! Cuando acabamos, nos lanzamos a las tortas y me eché una de milanesa y que me acuerdo que era viernes, ¡era vigilia!, mta, ya ni pex.
Se me hizo muy extraño que un joven de apenas veinte años, declaradamente homosexual y con formación universitaria tuviera católicos remordimientos mexicanos. "Lo que me restaba por ver", pensé.
Días después, tal vez una semana; regresaba del coven (a.k.a. terapia o viernes de chisme), caminaba apresurdamente pues me urgía llegar a mi sacrosanto hogar cuando al pasar la esquina de las quecas de doña Susy, ¡albricias!, ví de reojo que ella (milagorsamente) se encontraba desocupada; "ora es cuando", me dije y me dí la vuelta en seco.
-Buenas noches, ¡milagro que me la encuentro solita!
-Ya ve joven, apenas me voy poniendo.
-Deme una de chicharrón y otra de hongos, por favor.
-¡Pero es vigilia, joven!
La frase fue pronunciada tan sincera e interesadamente que me desarmó y se convirtió en una sentencia: "Usted sabrá, pero está a punto de cometer una grave falta, piénseselo, es por su bien" doña Susy jamás dijo esto, pero seguramente lo pensó, su cristiana y sapiencial mirada lo denunciaba.
-¡Ah, de veras!, deme entonces una de hongos y otra de rajas.
... ... ...
Las últimas cuadras las caminé con unas quesadillas en una mano y mi estúpida suficiencia de profesor univiersitario en la otra.