jueves, 3 de septiembre de 2009

DECALOGO DEL CONSUMISTA HEDONISTA (sí, con todo y ripio).

Ya a varios les he dicho que no hay mejor remedio para el estrés que irse de shopping, es por ello que he decidido crear el decálogo del consumista hedonista. ¿Redundante? Sí; el placer mientras más, mejor. Ya lo dice mi querida Alaska: "Lo que no es necesario, suele ser extraordinario".

Semanas atrás, harto de la incompetencia burocrática, decidí salir a darme una oreadita; como casi siempre terminé en el centro, pero, a diferencia de lo que sucedía cuando era un pobrecito veinteañero desorientado, esta vez mi objetivo era muy preciso: asaltar una tienda naturista. Sí, ya escucho las voces recriminatorias: "Claro, con esto nos tenía que salir" "Por supuesto, cuando uno llega a cierta edad..." "¡Mj! Bastante predecible, hasta para Carlos. Si se la vive achaque tras achaque". Pero no, mi destino no era, in strictu sensu, ése. Cuando iba en mi tan repetitiva línea 2, comenzó a dolerme la cabeza, por supuesto que me puse de malas y si a eso le añadimos la insufrible presencia de la gente, nomás imnagínense.

Decidí salir en la estación Bellas Artes para cumplir con mi obligada vista mensual al dios Slim y pagar mi recibo telefónico; las cosas no mejoraron, una castrante fila de gente que no aprende a lidiar con los amabílismos cajeros electrónicos de TELMEX hizo que mis sienes pulsaran al ritmo del más frenético "quebranguense", "maldita la hora en que abandoné mi cueva", pensé. Respiré al ritmo que Alex Maldonado todas las mañanas enseña en Hoy y me armé de paciencia.

Una vez cumplida la pleitesía al benefactor del Centro Histórico, emprendí la marcha: las tiendas naturistas con su nada despreciable oferta del 2 por 1 en antoxidantes (muy útiles en una contaminada ciudad como ésta y sobre todo cuando comienzan a aparecer las líneas de expresión), Pastelería La Madrid (no podía pasar por alto su panqué de pasas y los orgásmicos cuernos con higos en conserva), la tradicional París (se me había acabado mi frasquito de Flores de Bach, no fuera ser que el alma se pusiera de respingosa y ora sí ni cómo salir de la postración) y, por fin, el sancta sanctorum: Sedería La Nueva (Regina esquina con Isabel la Católica) donde, por fín, sublimaría mis ansias kitsch y compraría la boa-de-plumas-morado-púrpura que disimularía la fealdad de la lámpara de pie que todas las noches acompaña mi lectura...

Justo cuando descendía los escalones de ese templo de las manualidades noté que el dolor de cabeza había desaparecido, de inmediato pensé: "Nada mejor para el estrés que irse de shopping".

Esa revelación me ha hecho decidirme a escribir el decálogo comentado del consumista hedonista. No sé con qué frecuencia saldrá, pero sí prometo que su primer mandamiento (el más básico, pero fundamental) estará listo en los próximos días; aquí, mientras tanto, lo dejo enunciado:

"I. DEBERÁS DISFRUTAR CADA COMPRA"

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