Historia clínica del paciente Carlos Márquez (alias Eggder).
1. El paciente presenta inflamación en la garganta, no así enrojecimiento o ulceraciones.
2. Inexistencia de síntomas relacionados con IVRS.
3. Si bien el tono y volumen de voz han mejorado, presentan un dejo "mariafelixinesco" similar al de la presentación de la sobrentendida actriz en "La Movida.
4. Gracias a técnicas derivadas del "dígalo con mímica", "pintamonos", "teléfono descompuesto", "corrillos" y a la buena disposición del alumnado pudo sortear la clase del día de hoy.
5. Se le recomienda voto de silencio (en consonancia con sus afinidades medievalistas), permanecer en posición horizontal (con un margen de máximo 45 grados), visualizar series y películas ad libitum y la ingesta de abundantes líquidos, pudiendo considerar entre ellos destilados etílicos a fin de provocar la distensión de las cuerdas vocales.
Pastoreando las brujas
viernes, 29 de agosto de 2014
lunes, 11 de agosto de 2014
Casos, cosas y casas que se desgastan con el uso (2)
Más de una vez la gente me ha dicho: "¿cómo es posible que te acuerdes de eso?" Sí, ciertamente tengo una memoria bastante buena. Soy de aquellos que asocia olores y colores con vivencias muy específicas. Es curioso, porque puedo recordar cómo fue que conocí a alguien, el día, incluso el color del cual vestía ese día y no sólo eso, soy capaz de rememorar lo que alguien que estaba cerca decía o hacía, mentalmente soy medio "multitask". Eso podría ser una ventaja, pero no es así, ya que, casi siempre, cuando me dirijo a la cocina o voy al mercado a comprar algo, salgo con la respuesta clásica: "¿a qué vine?", "¿qué más me hacía falta?" Hasta allí, todo bien, es algo que a todo mundo le pasa; sin embargo mi situación se agrava cuando se trata de dar clase.
Es casi un secreto a voces que se me da aquello de improvisar, sólo necesito determinar un punto al cual llegar y la clase se desenrolla (sí, desenrolla, como un ovillo); sin embargo, mi mejor aliado, en ocasiones es mi talón de aquiles. Mientras explico el tema, observo quién pasa afuera del salón y escucho parte del chisme, percibo multipintos olores, recuerdo los pendientes que tengo, se me vienen a la mente experiencias que tuve al haber expuesto ese tema en otras ocasiones o lo que yo mismo pensé cuando era alumno. De pronto, a la Penélope que coordina mis neuronas comienzan a enredársele las sinapsis, los dedos se le engarrotan y pierde el inicio de esa madeja que parece la más abtrusa serie navideña recién desempacada a inicios de diciembre; y sí, efectivamente, algunos foquitos dejan de tintilar.
Supongo que una memoria USB siente eso mismo cuando, infectada por sabe qué perverso aparato es obligada a deshacerse de parte de su valiosa carga o, pero aún, cuando un médico despiadado la "resetea".
Yo perdí una memoria y la/mi memoria sufrió un "black out".
viernes, 8 de agosto de 2014
Casos, cosas y casas que se desgastan con el uso ¿1?
Revivo a esta momia. Las brujas seguro se desmandaron, ya ni siquiera hablemos del pastor, ése se piró. Sin embargo hoy, que me peleaba (as usual) con la tecnología, me llegó una idea. Sabemos que las cosas se desgastan con el uso, a las casas les pasa lo mismo (por más que luchemos en remozarlas, cual añeja vedette, tras las capas de pintura está la fecha de caducidad), pero ¿y los casos? Creo que no, las situaciones se reviven, siempre son las mismas.
La verborrea no se me da, me he vuelto muy sintético; no obstante escribir sobre objetos, espacios y hechos no siempre requiere de muchas letras. Allí va lo dicho: "Cuando uno necesita reconfortarse con un querido DVD, resulta que ya no jala, pinche tecnología!"
miércoles, 11 de enero de 2012
Eu tive tantos e sem querer gamei...
Ya tenía estoy MUY abandonado y más de dos detrás diciéndome: escribe, escribe... pues bueno, hoy me decidí porque, al revés de lo que alguna vez cantó Eugenia León, ahora sí se me da la gana. Algunos ya saben que este año buena parte de mis ganancias se irán en comprar ya sea in situ o vía internet las maravillas que con el motivo del trigésimo aniversario luctuoso de mi gurú, mi no va más, mi quítate que ahí te voy, Elis Regina, saldrán al mercado.
Curioso, varios saben que la adoro, pero pocos saben la historia de cómo llegó a mi vida (y si ya lo saben finjan demencia). Podría remontarme al día en que por accidente me inscribí a portugués, pero no; podría contar cómo caí en la, entonces, ENEP Acatlán (tan alejada de Dios y del mundo), pero tampoco; podría remontarme al momento en que, en menos de 15 minutos, tuve que decidir que estudiaría letras hispánicas... uffff... pero esas son historias que si bien me llevaron al asunto que hoy quiero tratar, por el momento no vale la pena discurrir sobre ellas... otro día que ande con ánimo más morboso tal vez lo haga. Vamos al punto.
Siempre he dicho que si aprendí portugués fue por causa de las canciones. Mi profesora en ese tiempo fue muy generosa y prestó varios de sus discos al grupo. Yo comencé por lo obvio: Cateano Veloso, Gal Costa, Djavan, Maria Bethânia, creo que hasta Simone... en fin yo quería todos, escuchaba todo, un mundo nuevo estaba frente a mí (sí ya sé que es lugar común, pero así fue, créanlo, que no ando con ganas de convencer a nadie); me faltaba por escuchar un disco o dos, recuerdo que uno de ellos era de cantos tribales de la amazonia... mmmhhhh... no es mi estilo... al otro ni atención le había puesto.
Casi al final del semestre paso a devolver algunos de los discos y la profesora, Martha, me dice: "¿No te quieres llevar éste?" Yo dije: "No, gracias". Los cantos indígenas se colaban por mis oídos. Ella: "Anda, llévatelo". Yo: "No Martha, de veras, gracias". Ella: "De veras, tómalo". Yo: "Bueno... gracias..." Ella: "No, a la fuerza tampoco". Yo pensé, uh qué la chingada y dije: "No, para nada, te lo agradezco" (claro que la respuesta no venía de otro lado más que de mi matriarcal infancia en la que pregonaban que uno debía agradecer cualquier atención). Metí el cd en mi morral y lo cargué como si fuese un lastre (en cierto sentido lo era). Llegué a casa y cavilé: bueno, ya me lo traje, lo menos que puedo hacer es escucharlo... ni siquiera había prestado atención a la portada... de pronto escucho el "Upa neguinho" un tipo de jazz, un tipo de música negra, un tipo de voz que jamás había escuchado (yo que hasta el momento no tenía un gusto bien definido)... oí el cd "The best of Elis Regina" más de una vez. Comenzó una de mis misiones en la vida. Necesitaba poner cara a esa voz, cuerpo a esa cara, movimiento a ese cuerpo, voz hablada a esa mujer, vida a esa mujer... y no he podido parar.
A veces pasan semanas sin que la escuche, no obstante, siempre llega en los momentos adecuados, o debería decir, llego a ella en los instantes de necesidad, cual si fuese el oráculo, siempre tiene una respuesta, casi nunca clara, la mayoría de las ocasiones sensitiva, vivencial.
domingo, 18 de octubre de 2009
II. Deberás enorgullecerte de cualquier exceso.
Debo ser sincero, el título de este mandamiento no es obra mía. Se debe a una letra de Olvido Gara (a.k.a. Alaska): Más es más, cuya letra bien podría ser el himno de aquellos que quieran adherirse a esta cofradía. De cualquier modo, encaja a la perfección.
Las últimas semanas la sinrazón de la vida académica me ha alejado del circuito adquiscitivo, incluso he de confesarlo: la desesperación me ha llevado a reciclar ropa y objetos que había considerado descartados. ¿No les ha pasado? A veces uno deja de lado ciertas prendas, algunos objetos que parecen fuera de moda quedan relegados en algún rincón del clóset, ya ni siquiera recordamos su existencia.
No obstante, un buen día (cuando la desesperación de no saber cómo salir del impasse de la tesis está a punto de enloquecernos, cuando nos sentimos con ánimo de hacer limpieza otoñal, cuando el tedio se ha hecho extremo) tenemos el ánimo de zambullirnos en el caos doméstico.
A los pocos van saliendo pantalones que teníamos descartados, camisas que fueron olvidadas el día en que NADIE las halagó, zapatos que fueron objeto de un arrebato, discos furor de un momento, accesorios que la ebriedad turística vistió de seda y madreperla, hasta libros que la falsa intelectualidad de un momento nos llevó a comprar.
Los objetos se han adueñado de nuestra voluntad y nos preguntamos: ¿¿¿Cuándo coños compré esto??? ¿¿¿Por qué dejé de ponérmelo??? ¿¿¿Quién demonios sugirió que "esto" se me veía bien???
En el fondo no importa recordar el porqué lo escogimos, lo vimos, lo sentimos, lo escuchamos, lo sentimos, lo probamos (ahora que lo pienso, de la comida ingerida rara vez nos arrepentimos, claro, a menos que suframos de la fashion anorexia); el objeto no nos define (¡qué aversión!), es el acto el que nos hace ser. Nos volcamos en el hacer, en el construir, en el vivir, en el fruir, en el consumir... aunque sea "mediatizado"...
Justo ayer, mientras pasaba una anodina tarde familiar, comenzaron a llegarme mensajitos en los que Bere me hacía partícipe de su salida de compras y mediante los que yo pude verla en el momento en que entraba en la tienda, observaba sesudamente las prendas, seleccionaba aquellas de su predilección... casi podía sentirla mientras se las probaba y reflexionaba sobre su pertinencia y pensaba en presumirme su adquisición.
Yo, mientras tanto, en mis funciones de niñera, disfrutaba el momento.
Las compras ajenas son altamente satisfactorias.
sábado, 12 de septiembre de 2009
I. DEBERÁS DISFRUTAR DE CADA COMPRA.
Este mandamiento bien podría haberse llamado "Amarás las compras sobre todas las cosas", pero mi humor no anda muy herético el día de hoy y, además, ¿dos ripios en entradas consecutivas? No, no.
Sin embargo la intención de fondo es esa, nadie que no ame las compras podrá pertenecer a esta cofradía. Hace unas dos semanas, en nuestro ahora habitual coffee break, Belén me dijo algo que no pudo menos que horripilarme: "¡Las compras me ponen de malas!" "¿Cómo puede ser que a alguien no le guste ir de compras?", me pregunté? El fin de semana pasado tuve un ejemplo en vivo y a todo color de que semejante aberración podría existir.
Acompañábamos a una amiga a comprarse unos tenis y su suerte no podría ser peor: modelo que le gustaba o no existía en su número o presentaba algún defectillo de fabricación, "¡¿Ya ves?! De por sí soy indecisa y cuando por fin encuentro algo..." Y sí, efectivamente, no sólo se medía una y otra vez cada uno de los modelos, si no que minutos después volvía a ver alguno que ya había descartado; lo extraño es que los observaba como si jamás los hubiese visto y preguntaba obsesivamente: "¿y éste? ¿y este otro?", cada preguntaba iba acompañada por un extraño gesto de incomodidad. Allí estaba el problema.
Claro que todos hemos pasado por momentos de terrible frustración cuando compramos algo, pero eso no significa que las compras deban volverse un suplicio. Justo le decía a Belén que incluso ir al mercado a comprar chiles debe convertirse en un momento de placer extremo. Por ejemplo, cuando voy por mi mandado, nunca pienso en el objeto en sí mismo sino en el momento en que lo veré y en el diálogo que entablaré con mis marchantes.
Así, sé que en las verduras los cuates que me atienden pensarán: "chale, ¡¿qué pedo con este wey?!, siempre viene solo, ¿no tendrá vieja?... y siempre pide tomatitos cherry, chale, se me hace que ha de ser puñal". Luego, cuando me dirijo con la de las piñas y papayas ya espero el "Hola marchantito, ¿no va a llevar sandía?" Ella sabe que sólo compro una piña chica y una "papayita pa' la semana", sin embargo no deja de inquerir si romperé la rutina, no porque realmente lo espere, sólo porque quiere saber que todo siga en orden. La escena siguiente es con la frutera: "Buenos días marchantito, ¿qué va a llevar?" "Buenas, ¿tiene guayaba?" "¡Ay, no, se me acabó ayer!, pero ¿no quiere perita?" "Bueno, deme tres, ya ve que me duran mucho, todavía tengo de la otra semana. Póngame un kilo de manzana y una bolsa de jícama" "Se pasa 100 gramos, ¿se lo dejo?" "Sí". "¿No quiere uvita?" Jamás llevo, pero no deja de preguntarme.
Lo importante no es el objeto en sí, es el acto de convivir (aunque sea teatralmente), de poder entrar en contacto con el mundo y de saber que sigue gira y gira y gira, pese a nuestra perenne incompetencia. La compra, cualquiera que sea, no deja de ser un profundo e, in strictu sensu, un acto de comunión, de complicidad, incluso.
jueves, 3 de septiembre de 2009
DECALOGO DEL CONSUMISTA HEDONISTA (sí, con todo y ripio).
Ya a varios les he dicho que no hay mejor remedio para el estrés que irse de shopping, es por ello que he decidido crear el decálogo del consumista hedonista. ¿Redundante? Sí; el placer mientras más, mejor. Ya lo dice mi querida Alaska: "Lo que no es necesario, suele ser extraordinario".
Semanas atrás, harto de la incompetencia burocrática, decidí salir a darme una oreadita; como casi siempre terminé en el centro, pero, a diferencia de lo que sucedía cuando era un pobrecito veinteañero desorientado, esta vez mi objetivo era muy preciso: asaltar una tienda naturista. Sí, ya escucho las voces recriminatorias: "Claro, con esto nos tenía que salir" "Por supuesto, cuando uno llega a cierta edad..." "¡Mj! Bastante predecible, hasta para Carlos. Si se la vive achaque tras achaque". Pero no, mi destino no era, in strictu sensu, ése. Cuando iba en mi tan repetitiva línea 2, comenzó a dolerme la cabeza, por supuesto que me puse de malas y si a eso le añadimos la insufrible presencia de la gente, nomás imnagínense.
Decidí salir en la estación Bellas Artes para cumplir con mi obligada vista mensual al dios Slim y pagar mi recibo telefónico; las cosas no mejoraron, una castrante fila de gente que no aprende a lidiar con los amabílismos cajeros electrónicos de TELMEX hizo que mis sienes pulsaran al ritmo del más frenético "quebranguense", "maldita la hora en que abandoné mi cueva", pensé. Respiré al ritmo que Alex Maldonado todas las mañanas enseña en Hoy y me armé de paciencia.
Una vez cumplida la pleitesía al benefactor del Centro Histórico, emprendí la marcha: las tiendas naturistas con su nada despreciable oferta del 2 por 1 en antoxidantes (muy útiles en una contaminada ciudad como ésta y sobre todo cuando comienzan a aparecer las líneas de expresión), Pastelería La Madrid (no podía pasar por alto su panqué de pasas y los orgásmicos cuernos con higos en conserva), la tradicional París (se me había acabado mi frasquito de Flores de Bach, no fuera ser que el alma se pusiera de respingosa y ora sí ni cómo salir de la postración) y, por fin, el sancta sanctorum: Sedería La Nueva (Regina esquina con Isabel la Católica) donde, por fín, sublimaría mis ansias kitsch y compraría la boa-de-plumas-morado-púrpura que disimularía la fealdad de la lámpara de pie que todas las noches acompaña mi lectura...
Justo cuando descendía los escalones de ese templo de las manualidades noté que el dolor de cabeza había desaparecido, de inmediato pensé: "Nada mejor para el estrés que irse de shopping".
Esa revelación me ha hecho decidirme a escribir el decálogo comentado del consumista hedonista. No sé con qué frecuencia saldrá, pero sí prometo que su primer mandamiento (el más básico, pero fundamental) estará listo en los próximos días; aquí, mientras tanto, lo dejo enunciado:
Semanas atrás, harto de la incompetencia burocrática, decidí salir a darme una oreadita; como casi siempre terminé en el centro, pero, a diferencia de lo que sucedía cuando era un pobrecito veinteañero desorientado, esta vez mi objetivo era muy preciso: asaltar una tienda naturista. Sí, ya escucho las voces recriminatorias: "Claro, con esto nos tenía que salir" "Por supuesto, cuando uno llega a cierta edad..." "¡Mj! Bastante predecible, hasta para Carlos. Si se la vive achaque tras achaque". Pero no, mi destino no era, in strictu sensu, ése. Cuando iba en mi tan repetitiva línea 2, comenzó a dolerme la cabeza, por supuesto que me puse de malas y si a eso le añadimos la insufrible presencia de la gente, nomás imnagínense.
Decidí salir en la estación Bellas Artes para cumplir con mi obligada vista mensual al dios Slim y pagar mi recibo telefónico; las cosas no mejoraron, una castrante fila de gente que no aprende a lidiar con los amabílismos cajeros electrónicos de TELMEX hizo que mis sienes pulsaran al ritmo del más frenético "quebranguense", "maldita la hora en que abandoné mi cueva", pensé. Respiré al ritmo que Alex Maldonado todas las mañanas enseña en Hoy y me armé de paciencia.
Una vez cumplida la pleitesía al benefactor del Centro Histórico, emprendí la marcha: las tiendas naturistas con su nada despreciable oferta del 2 por 1 en antoxidantes (muy útiles en una contaminada ciudad como ésta y sobre todo cuando comienzan a aparecer las líneas de expresión), Pastelería La Madrid (no podía pasar por alto su panqué de pasas y los orgásmicos cuernos con higos en conserva), la tradicional París (se me había acabado mi frasquito de Flores de Bach, no fuera ser que el alma se pusiera de respingosa y ora sí ni cómo salir de la postración) y, por fin, el sancta sanctorum: Sedería La Nueva (Regina esquina con Isabel la Católica) donde, por fín, sublimaría mis ansias kitsch y compraría la boa-de-plumas-morado-púrpura que disimularía la fealdad de la lámpara de pie que todas las noches acompaña mi lectura...
Justo cuando descendía los escalones de ese templo de las manualidades noté que el dolor de cabeza había desaparecido, de inmediato pensé: "Nada mejor para el estrés que irse de shopping".
Esa revelación me ha hecho decidirme a escribir el decálogo comentado del consumista hedonista. No sé con qué frecuencia saldrá, pero sí prometo que su primer mandamiento (el más básico, pero fundamental) estará listo en los próximos días; aquí, mientras tanto, lo dejo enunciado:
"I. DEBERÁS DISFRUTAR CADA COMPRA"
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