Debo ser sincero, el título de este mandamiento no es obra mía. Se debe a una letra de Olvido Gara (a.k.a. Alaska): Más es más, cuya letra bien podría ser el himno de aquellos que quieran adherirse a esta cofradía. De cualquier modo, encaja a la perfección.
Las últimas semanas la sinrazón de la vida académica me ha alejado del circuito adquiscitivo, incluso he de confesarlo: la desesperación me ha llevado a reciclar ropa y objetos que había considerado descartados. ¿No les ha pasado? A veces uno deja de lado ciertas prendas, algunos objetos que parecen fuera de moda quedan relegados en algún rincón del clóset, ya ni siquiera recordamos su existencia.
No obstante, un buen día (cuando la desesperación de no saber cómo salir del impasse de la tesis está a punto de enloquecernos, cuando nos sentimos con ánimo de hacer limpieza otoñal, cuando el tedio se ha hecho extremo) tenemos el ánimo de zambullirnos en el caos doméstico.
A los pocos van saliendo pantalones que teníamos descartados, camisas que fueron olvidadas el día en que NADIE las halagó, zapatos que fueron objeto de un arrebato, discos furor de un momento, accesorios que la ebriedad turística vistió de seda y madreperla, hasta libros que la falsa intelectualidad de un momento nos llevó a comprar.
Los objetos se han adueñado de nuestra voluntad y nos preguntamos: ¿¿¿Cuándo coños compré esto??? ¿¿¿Por qué dejé de ponérmelo??? ¿¿¿Quién demonios sugirió que "esto" se me veía bien???
En el fondo no importa recordar el porqué lo escogimos, lo vimos, lo sentimos, lo escuchamos, lo sentimos, lo probamos (ahora que lo pienso, de la comida ingerida rara vez nos arrepentimos, claro, a menos que suframos de la fashion anorexia); el objeto no nos define (¡qué aversión!), es el acto el que nos hace ser. Nos volcamos en el hacer, en el construir, en el vivir, en el fruir, en el consumir... aunque sea "mediatizado"...
Justo ayer, mientras pasaba una anodina tarde familiar, comenzaron a llegarme mensajitos en los que Bere me hacía partícipe de su salida de compras y mediante los que yo pude verla en el momento en que entraba en la tienda, observaba sesudamente las prendas, seleccionaba aquellas de su predilección... casi podía sentirla mientras se las probaba y reflexionaba sobre su pertinencia y pensaba en presumirme su adquisición.
Yo, mientras tanto, en mis funciones de niñera, disfrutaba el momento.
Las compras ajenas son altamente satisfactorias.
Difiero contigo brujito en que las compras ajenas son satisfactorias. Lo son cuando estamos satisfechos, pero dejan de serlo en el momento en que la cartera e incluso la tarjeta de crédito te recuerdan a cada momento su gran vacio. El dolor se alimenta de envidia cuando a sabiendas de tu falta de poder adquisitivo, te llaman por teléfono y te cuentan que vienen llegando de hacer compras por tercer fin de semana consecutivo y que acaban de vaciar prácticamente la tienda pues todo estaba al dos por uno o con el 50% de descuento; y peor aún cuando te dicen que vieron cosas que te hubieran encantado y que se te verían muy bien. No contentos con ello, te enumeran la cantidad de pantalones y chamarras abrigadoras que compraron, para ahora que viene el invierno. Esto sí que es querer arruinarte la tarde. Ay brujito, creo que en esta ocasión el exceso sí que nos puede provocar una gran cruda.
ResponderEliminarme encanta este texto. soy fan.
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