martes, 3 de marzo de 2009

Cruces en tres cruces

Hace años, siendo un rapazuelo si no imberbe sí muy inconsciente, me dirigía muy tranquilo a mis clases en la Universidad cuando de pronto ví un tumulto en uno de los túneles que dan acceso a la estación Hidalgo del metro. El morbo, como a todos, se me da, pero no en público, no hay para mí nada más desagradable que la gente que se detiene a mironear un accidente, una pelea o cualquier cosa que rompa el orden cotidiano; la curiosidad es sana, el morbo, natural; pero de eso a contorsionarse como Linda Blair para no perder el más mínimo detalle, hay una gran diferencia.

En fin, decía que el morbo exagerado y en público no me es grato, así que no me detuve a indagar más y seguí mi camino. ¡Cuál sería mi sorpresa en la tarde cuando me entero que se trataba de una aparición milagrosa, de una manifestación mariana! Mis pocas luces y mucha juventud me impidieron ser partícipe de tan grande suceso. Sería el año 97. Se respiraba el fin de milenio, de pronto me sentí en el año mil. La semana pasada volví a tener la misma sensación.


Miércoles 25, miércoles de ceniza.

Estábamos unas amigas y yo caminando por Coyoacán después de habernos dedicado a los placeres gastronómicos, cuando por las calles comenzó a desfilar un grupo de cruces. Mi primera reacción fue adjudicarlo a que el norte no es el sur, y estando yo cada vez más acostumbrado a la prosaicidad, el mercantilismo naucalpense, el consumismo sateluco y la pose chiluquense de las tierras antes dominadas por el Toreo de cuatro caminos, me dije: "Claro, esto sólo viene a confirmar mi teoría, la gente del sur está medio loca, debe haber algo en el agua..." Jamás esperé que a la hora, cuando caminaba rumbo a mi sacrosanto hogar, me toparía con el mismo espectáculo. Hace años que no veía tal cantidad de ceniza... ¿Qué podría explicar esto?
El resto de la semana dábale vueltas al asunto y pensaba, la crisis, debe ser la crisis; sólo eso podría explicar que en desbandada la gente quiera recordar su finitud, la vanidad del mundo, lo vacío que resultan los placeres del mundo.
Sábado 28: aventura en Amecameca, peregrinación narcisista
o polvo eres y en polvo te convertirás.
Para mí el inicio de la cuaresma había quedado atrás y no sé a qué se debería, ¿al tedio?, ¿al calor?, ¿al ocio? Como fuese, algo me hizo proponerle a Gris que realizácemos mi tan pospuesto viaje a Amecameca, el regreso a un lugar que hace la friolera de 26 años me había dejado muy buenos recuerdos. Así, después de un viernes de locos, ambos estábamos a primera hora del sábado encaminados a uno de los pocos lugares que más por la cercanía, que por la calidad del aire, pueden recordar la imagen del otrora idílico Valle de Anáhuac.
Yo esperaba escuchar en mi oído interno aquello de viajero, has llegado a la región más transparente, etc. etc.", pero un viaje marcado por el ímpetu comunicativo (estaban reparando la carretera) e impregnado del aroma de la tierra (polvo y más polvo colándose por las ventanas a cada metro), había acabado con mi ánimo. Sin embargo, de pronto, allí estaba nuestro destino ... atiborrado de caminones, peseras, trailers y un sin fin de policías que intentaban controlar el tránsito provocado por los resabios del carnaval (feria y tianguis incluidos) y por las interminables filas provocadas por el último día de entrega de las credenciales de elector. En ese momento las cosas sólo podían radicalmente mejorar o empeorar.
Comenzamos a caminar y toda la mercadería de los puestos iba nuevamente encendiendo el apagado espíritu: mermeladas exóticas, higos en conserva, pan de pueblo, cecina de Yecapixtla, raspados jugosos y cremosos jamás vistos por estos lares, artesanías al por mayor... un paraíso para los compradores compulsivos, para los seguidores de la antítesis del "Pare de sufrir", para la grey del "SIGA GOZANDO". En fin, a lo que nos trujo chencha, me dije, y nos encaminamos rumbo a la iglesia de Sacromonte ... Claro, olvidé decirlo, del viaje que realicé en mi infancia únicamente guardo como recuerdo una foto digna de aparecer como ilustración a la vida de un escritor mórbido melancólico: yo descendiendo del cerro con las manos en los bolsillos y la mirada gacha, al fondo una desgastada iglesia colonial y las viejas tumbas de los que alguna vez fueron los principales del pueblo. Ahora quería una nueva foto, un testimonio del paso del tiempo, digna de aparecer como ilustración de un radical "Antes y Después".
Minutos después comenzamos la subida y, sin habérnoslo propuesto, estábamos en plena peregrinación; el sendero era digno de disuadir a cualquiera que como yo tuviese una intención poco religiosa, frívola: empinadísimo, lleno de piedras y tierra suelta, el sol a plomo. Llegando a la cima las cosas no mejoraron: el templo había sido despojado de su romántico desgaste y ahora lucía unos típicos rojo y blanco extraídos de la más predecible versión fílmica de "El Zorro", la gran mayoría de las tumbas habían sido removidas (¡claro! ¡cómo molestar a los bonitos turistas con desagradables recordatorios de la caducidad del mundo!) y para colmo en pleno atrio estaba una flamante camioneta negra, sin duda propiedad de dos seres que estaban a punto de unir sus vidas. No había modo de reproducir el aura de la vieja imagen, el turismo posmo-colonial, segó mi empeño.
No obstante, no me di por vencido, no sería en vano tanto sufrimiento, tanto sacrificio; debía (aun con camioneta de fondo) eternizar ese momento las veces necesarias, debía obtener la composición perfecta que testificase el culto a mi persona, debía tener una polvosa (¿cenicienta?) replica bidimensional de mi persona.
En el último clic me vino a la mente que no cabe duda que la serpiente se muerde la cola, que los opuestos, indudablemente, se encuentran.