sábado, 12 de septiembre de 2009

I. DEBERÁS DISFRUTAR DE CADA COMPRA.

Este mandamiento bien podría haberse llamado "Amarás las compras sobre todas las cosas", pero mi humor no anda muy herético el día de hoy y, además, ¿dos ripios en entradas consecutivas? No, no.
Sin embargo la intención de fondo es esa, nadie que no ame las compras podrá pertenecer a esta cofradía. Hace unas dos semanas, en nuestro ahora habitual coffee break, Belén me dijo algo que no pudo menos que horripilarme: "¡Las compras me ponen de malas!" "¿Cómo puede ser que a alguien no le guste ir de compras?", me pregunté? El fin de semana pasado tuve un ejemplo en vivo y a todo color de que semejante aberración podría existir.
Acompañábamos a una amiga a comprarse unos tenis y su suerte no podría ser peor: modelo que le gustaba o no existía en su número o presentaba algún defectillo de fabricación, "¡¿Ya ves?! De por sí soy indecisa y cuando por fin encuentro algo..." Y sí, efectivamente, no sólo se medía una y otra vez cada uno de los modelos, si no que minutos después volvía a ver alguno que ya había descartado; lo extraño es que los observaba como si jamás los hubiese visto y preguntaba obsesivamente: "¿y éste? ¿y este otro?", cada preguntaba iba acompañada por un extraño gesto de incomodidad. Allí estaba el problema.

Claro que todos hemos pasado por momentos de terrible frustración cuando compramos algo, pero eso no significa que las compras deban volverse un suplicio. Justo le decía a Belén que incluso ir al mercado a comprar chiles debe convertirse en un momento de placer extremo. Por ejemplo, cuando voy por mi mandado, nunca pienso en el objeto en sí mismo sino en el momento en que lo veré y en el diálogo que entablaré con mis marchantes.
Así, sé que en las verduras los cuates que me atienden pensarán: "chale, ¡¿qué pedo con este wey?!, siempre viene solo, ¿no tendrá vieja?... y siempre pide tomatitos cherry, chale, se me hace que ha de ser puñal". Luego, cuando me dirijo con la de las piñas y papayas ya espero el "Hola marchantito, ¿no va a llevar sandía?" Ella sabe que sólo compro una piña chica y una "papayita pa' la semana", sin embargo no deja de inquerir si romperé la rutina, no porque realmente lo espere, sólo porque quiere saber que todo siga en orden. La escena siguiente es con la frutera: "Buenos días marchantito, ¿qué va a llevar?" "Buenas, ¿tiene guayaba?" "¡Ay, no, se me acabó ayer!, pero ¿no quiere perita?" "Bueno, deme tres, ya ve que me duran mucho, todavía tengo de la otra semana. Póngame un kilo de manzana y una bolsa de jícama" "Se pasa 100 gramos, ¿se lo dejo?" "Sí". "¿No quiere uvita?" Jamás llevo, pero no deja de preguntarme.
Lo importante no es el objeto en sí, es el acto de convivir (aunque sea teatralmente), de poder entrar en contacto con el mundo y de saber que sigue gira y gira y gira, pese a nuestra perenne incompetencia. La compra, cualquiera que sea, no deja de ser un profundo e, in strictu sensu, un acto de comunión, de complicidad, incluso.

jueves, 3 de septiembre de 2009

DECALOGO DEL CONSUMISTA HEDONISTA (sí, con todo y ripio).

Ya a varios les he dicho que no hay mejor remedio para el estrés que irse de shopping, es por ello que he decidido crear el decálogo del consumista hedonista. ¿Redundante? Sí; el placer mientras más, mejor. Ya lo dice mi querida Alaska: "Lo que no es necesario, suele ser extraordinario".

Semanas atrás, harto de la incompetencia burocrática, decidí salir a darme una oreadita; como casi siempre terminé en el centro, pero, a diferencia de lo que sucedía cuando era un pobrecito veinteañero desorientado, esta vez mi objetivo era muy preciso: asaltar una tienda naturista. Sí, ya escucho las voces recriminatorias: "Claro, con esto nos tenía que salir" "Por supuesto, cuando uno llega a cierta edad..." "¡Mj! Bastante predecible, hasta para Carlos. Si se la vive achaque tras achaque". Pero no, mi destino no era, in strictu sensu, ése. Cuando iba en mi tan repetitiva línea 2, comenzó a dolerme la cabeza, por supuesto que me puse de malas y si a eso le añadimos la insufrible presencia de la gente, nomás imnagínense.

Decidí salir en la estación Bellas Artes para cumplir con mi obligada vista mensual al dios Slim y pagar mi recibo telefónico; las cosas no mejoraron, una castrante fila de gente que no aprende a lidiar con los amabílismos cajeros electrónicos de TELMEX hizo que mis sienes pulsaran al ritmo del más frenético "quebranguense", "maldita la hora en que abandoné mi cueva", pensé. Respiré al ritmo que Alex Maldonado todas las mañanas enseña en Hoy y me armé de paciencia.

Una vez cumplida la pleitesía al benefactor del Centro Histórico, emprendí la marcha: las tiendas naturistas con su nada despreciable oferta del 2 por 1 en antoxidantes (muy útiles en una contaminada ciudad como ésta y sobre todo cuando comienzan a aparecer las líneas de expresión), Pastelería La Madrid (no podía pasar por alto su panqué de pasas y los orgásmicos cuernos con higos en conserva), la tradicional París (se me había acabado mi frasquito de Flores de Bach, no fuera ser que el alma se pusiera de respingosa y ora sí ni cómo salir de la postración) y, por fin, el sancta sanctorum: Sedería La Nueva (Regina esquina con Isabel la Católica) donde, por fín, sublimaría mis ansias kitsch y compraría la boa-de-plumas-morado-púrpura que disimularía la fealdad de la lámpara de pie que todas las noches acompaña mi lectura...

Justo cuando descendía los escalones de ese templo de las manualidades noté que el dolor de cabeza había desaparecido, de inmediato pensé: "Nada mejor para el estrés que irse de shopping".

Esa revelación me ha hecho decidirme a escribir el decálogo comentado del consumista hedonista. No sé con qué frecuencia saldrá, pero sí prometo que su primer mandamiento (el más básico, pero fundamental) estará listo en los próximos días; aquí, mientras tanto, lo dejo enunciado:

"I. DEBERÁS DISFRUTAR CADA COMPRA"