Este mandamiento bien podría haberse llamado "Amarás las compras sobre todas las cosas", pero mi humor no anda muy herético el día de hoy y, además, ¿dos ripios en entradas consecutivas? No, no.
Sin embargo la intención de fondo es esa, nadie que no ame las compras podrá pertenecer a esta cofradía. Hace unas dos semanas, en nuestro ahora habitual coffee break, Belén me dijo algo que no pudo menos que horripilarme: "¡Las compras me ponen de malas!" "¿Cómo puede ser que a alguien no le guste ir de compras?", me pregunté? El fin de semana pasado tuve un ejemplo en vivo y a todo color de que semejante aberración podría existir.
Acompañábamos a una amiga a comprarse unos tenis y su suerte no podría ser peor: modelo que le gustaba o no existía en su número o presentaba algún defectillo de fabricación, "¡¿Ya ves?! De por sí soy indecisa y cuando por fin encuentro algo..." Y sí, efectivamente, no sólo se medía una y otra vez cada uno de los modelos, si no que minutos después volvía a ver alguno que ya había descartado; lo extraño es que los observaba como si jamás los hubiese visto y preguntaba obsesivamente: "¿y éste? ¿y este otro?", cada preguntaba iba acompañada por un extraño gesto de incomodidad. Allí estaba el problema.
Claro que todos hemos pasado por momentos de terrible frustración cuando compramos algo, pero eso no significa que las compras deban volverse un suplicio. Justo le decía a Belén que incluso ir al mercado a comprar chiles debe convertirse en un momento de placer extremo. Por ejemplo, cuando voy por mi mandado, nunca pienso en el objeto en sí mismo sino en el momento en que lo veré y en el diálogo que entablaré con mis marchantes.
Así, sé que en las verduras los cuates que me atienden pensarán: "chale, ¡¿qué pedo con este wey?!, siempre viene solo, ¿no tendrá vieja?... y siempre pide tomatitos cherry, chale, se me hace que ha de ser puñal". Luego, cuando me dirijo con la de las piñas y papayas ya espero el "Hola marchantito, ¿no va a llevar sandía?" Ella sabe que sólo compro una piña chica y una "papayita pa' la semana", sin embargo no deja de inquerir si romperé la rutina, no porque realmente lo espere, sólo porque quiere saber que todo siga en orden. La escena siguiente es con la frutera: "Buenos días marchantito, ¿qué va a llevar?" "Buenas, ¿tiene guayaba?" "¡Ay, no, se me acabó ayer!, pero ¿no quiere perita?" "Bueno, deme tres, ya ve que me duran mucho, todavía tengo de la otra semana. Póngame un kilo de manzana y una bolsa de jícama" "Se pasa 100 gramos, ¿se lo dejo?" "Sí". "¿No quiere uvita?" Jamás llevo, pero no deja de preguntarme.
Lo importante no es el objeto en sí, es el acto de convivir (aunque sea teatralmente), de poder entrar en contacto con el mundo y de saber que sigue gira y gira y gira, pese a nuestra perenne incompetencia. La compra, cualquiera que sea, no deja de ser un profundo e, in strictu sensu, un acto de comunión, de complicidad, incluso.