Tal vez mi experiencia laboral no haya sido hasta ahora muy diversa, sin embargo ha sido siempre muy aleccionadora.
Básicamente me he dedicado a la docencia. "Mi primera vez" fue en el sistema de prepa abierta para los trabajadores del Instituto Mexicano del Petróleo, allí fue precisamente un "Mexicano" quien me hizo ver mi suerte; su nombre, Manuel, su apellido justo ése: Mexicano, Manuel Mexicano. Ya mi hermana me había puesto sobreaviso: "Te va a probar, te va hacer preguntas para ver hasta dónde te puede llevar". Siempre aparenté seguridad. Seguramente dije más de un despropósito, pero con una firmeza que impedía dudaran de mi palabra. Tuve suerte, la primera semana pude sortear bastante bien sus muy malintencionadas preguntas; la segunda semana se fue de vacaciones y volví a respirar tranquilo. Pese a todo esa experiencia me marcó, fue la prueba de fuego que me hizo decidirme firmemente a ser profesor; los nervios y los cuestionamientos fueron estimulantes.
Tiempo después ingresé al Instituto Mexicano Francés. Coincidencias de la vida, sería otro "instituto mexicano" el que me pondría a prueba nuevamente. Primer día de clases. Literatura española con los alumnos de nuevo ingreso. Era un grupo numeroso que, a dios gracias, a la semana fue dividido, pero la experiencia no dejó de ser impactante, cerca de 60 jóvenes de 15 años. Los escasos 4 metros de la puerta al escritorio me parecieron eternos; de pronto una voz: "¡¿Ése?! ¡¿Ése es el maestro?! ¡Si parece alumno!" "¡Dios, que se abra la tierra y me trague!" Las piernas me temblaban, la mente estaba en blanco, no me atrevía a darme la media vuelta y encararlos, a hablarles (y luego con esta voz nada imponente que la cruel naturaleza me dio, sí, muy fuerte y lo que quieran, pero siempre ha parecido voz de niño; imaginen hace diez años).
Allí aprendí mi segunda lección: saber mirar. Los enfrenté; no dije una sola palabra pero fui recorriendo las bancas casi una por una y mirándolos directamente a los ojos, serio, casi como si estuviera de mal humor. El silencio fue absoluto. No digo que esto bastase para ganarme su respeto, fue una labor de semanas.
Poco tiempo después llegué a otra "institución mexicana", la UNAM. Fue un alto en mi camino como docente ya que mi primer puesto fue como administrativo. Si épocas oscuras en mi vida han existido, ésa, sin duda, fue una de ellas. No niego haber aprendido mucho, siempre es útil conocer las entretelas de la burocracia universitaria; en más de una ocasión esta experiencia ha allanado mi camino como profesor, pero con 22 años y la ilusión magisterial aún fresca en los ojos (ja ja ja ja), estar encerrado en un cubículo ocho horas diarias (a veces más) era francamente para marchitar a cualquiera (a cualquiera como yo, claro).
Quienes me conocen podrán dar testimonio de este aciago periodo en mi vida, la depresión, la neurosis y la amargura iban a la alza. Los días pasaban sorteando mil y un pedidos por parte de los alumnos, lidiando con egos aún más grandes que el mío, preparando trincheras para la batalla académica, protegiéndome del verbal fuego cruzado, teniendo a todos en la mira. Era ya un funcionario asesino... así que a la inversa de aquella que se volvió la Funcionaria Asesina "por salir de la misma rutina, tan aburrida, tan muerta en vida", yo "Quise ser santo" y renuncié. Milagrosamente las puertas se comenzaron abrir. (CONTINUARÁ...)
Cómo recuerdo aquellos días, cuando en una de esas bancas, yo me encontraba ahí, entre toda la bola de adolescentes. Jamás olvidaré aquel '¿Qué lees?' que sería el principio de nuestra amistad. Quien iba a decir que ahora compartiríamos bromas de salón de clase jejeje.
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