Más de una vez la gente me ha dicho: "¿cómo es posible que te acuerdes de eso?" Sí, ciertamente tengo una memoria bastante buena. Soy de aquellos que asocia olores y colores con vivencias muy específicas. Es curioso, porque puedo recordar cómo fue que conocí a alguien, el día, incluso el color del cual vestía ese día y no sólo eso, soy capaz de rememorar lo que alguien que estaba cerca decía o hacía, mentalmente soy medio "multitask". Eso podría ser una ventaja, pero no es así, ya que, casi siempre, cuando me dirijo a la cocina o voy al mercado a comprar algo, salgo con la respuesta clásica: "¿a qué vine?", "¿qué más me hacía falta?" Hasta allí, todo bien, es algo que a todo mundo le pasa; sin embargo mi situación se agrava cuando se trata de dar clase.
Es casi un secreto a voces que se me da aquello de improvisar, sólo necesito determinar un punto al cual llegar y la clase se desenrolla (sí, desenrolla, como un ovillo); sin embargo, mi mejor aliado, en ocasiones es mi talón de aquiles. Mientras explico el tema, observo quién pasa afuera del salón y escucho parte del chisme, percibo multipintos olores, recuerdo los pendientes que tengo, se me vienen a la mente experiencias que tuve al haber expuesto ese tema en otras ocasiones o lo que yo mismo pensé cuando era alumno. De pronto, a la Penélope que coordina mis neuronas comienzan a enredársele las sinapsis, los dedos se le engarrotan y pierde el inicio de esa madeja que parece la más abtrusa serie navideña recién desempacada a inicios de diciembre; y sí, efectivamente, algunos foquitos dejan de tintilar.
Supongo que una memoria USB siente eso mismo cuando, infectada por sabe qué perverso aparato es obligada a deshacerse de parte de su valiosa carga o, pero aún, cuando un médico despiadado la "resetea".
Yo perdí una memoria y la/mi memoria sufrió un "black out".
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